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ignacio - 28.02.2008 | 0 réactions | #link | rss

En aquella ciudad com mar había una milonga. Era los domingos, en un barrio que parecía salido de una novela de los años cuarenta, todavía los fanáticos de la modernidad no habían conseguido llenarlo por completo de bares de diseño, aun había rincones con un poco de personalidad. La milonga no era por la noche, era por la tarde, los habitantes de esa ciudad eran comerciantes, no se les podía proponer algo que no les permitiera trabajar lúcidos a la mañana siguiente. Y así, en ese barrio y en esa milonga, los domingos a la tarde se juntaban viejos y jóvenes para bailar un poco, para encontrarse, para festejar incluso el cumpleaños de alguno de los parroquianos, aunque no fueran habituales de lugar. Te hablo de hace años, tú todavia no habías visto bailar. No habías entrado en todo esto.

 

Yo vivía en otro país, pero la frontera no quedaba muy lejos, y me animé un par de veces a pasar unos días en esa ciudad con agua y con luz en la que hablaban otro idioma. Por eso estoy seguro que fue un domingo la primera vez que la vi. Yo estaba solo. Me gustaba llegar a bailar solo, pensar que todo y que todos eran nuevos para mi, una hoja en blanco donde dejar las huellas de mis pies. Ella llevaba zapatillas de tenis, había un abrigo verde colocado en el respaldo de su silla. En su mesa, solo un chico bailaba. Los demás, se quedaban mirando educadamente, tenían todavía esa admiración de verlo por primera vez, los primeros minutos, el no haber llegado todavía a la frustación del yo no participo, del sentirse excluídos del pequeño club, fuera de tiempo y de lugar. La miré con cuidado y ella me miró.

 

Es raro como el amor puede entrar dentro de uno. En mí se me metió con su pelo rizado, esos caracoles castaños que me hicieron pensar que debía ser necesario mucho tiempo para tenerlos tan cuidados y brillantes. Que no siempre tuvo el pelo así, lo supe más tarde, cuando vi fotografias en su habitación, al lado del ordenador. En las fotografias era la misma, pero sin esos rizos, parecía como si no hubiera florecido todavía.

 

Acabada la tanda me acerqué a su mesa. No le hice un gesto con la cabeza por que sabía que no lo entendería. Me agaché junto a ella y le dije que no me marcharía de allí hasta que no bailara conmigo. Ella se resistió, mucho, como si nunca hubiera bailado nunca, ningún baile. Finalmente la arrastré hasta donde estaban las otras parejas.

 

Y cuando la tuve por fin en mis brazos, cuando noté su mano izquierda, que torpe, no sabía dónde colocarse en mi hombro, supe que era demasiado tarde. Solo entonces me di cuenta, sin mirarla, cómo era bonita. Que dentro de poco yo tendría que abandonar la vida que me había costado meses construír en el otro país. Que la ciudad donde vivía entonces ya nunca más tendría sentido para mí.

 

Volví a esa milonga cuatro años más tarde. Solo. Inesperadamente, no encontré el lugar hermoso que había conocido años atrás. Los jóvenes parece que habían desertado del sitio, alguien me comentó que se juntaban todos en un lugar más cerca del puerto. Sin juntarse con los mayores. Hablé con la dueña y me pareció cansada, como consciente de que ese espacio de encuentro estaba ya en la últimas, listo para desaparecer. Nunca más volví a esa ciudad. Nunca me atreví a encontrarme cerrada aquella puerta, que una vez me hizo pensar que ella podía ser mía, en aquella ciudad con mar.

ignacio - 09.02.2008 | 5 réactions | #link | rss

Não deve haver outro lugar em Lisboa ao qual voltei tantas vezes, tantos sábados, algumas terças, e nunca me topei com uma feira igual a outra. Teimosa e carinhosamente, melhor cedo, espantando aos meus amigos que a sexta à noite me viam voltar para a cama a horas de dia laboral, quase sempre com pouco dinheiro e nunca pronto para confundir o valor com o preço das coisas.

Continuo maravilhado de pensar que muito possivelmente esta feira não me cansará nunca. E se a feira não me cansa, a cidade que a esconde também não, e chega logo ao coração uma sensação de alivio, de descanso, de saber que por uma vez não será preciso fugir em poucas semanas, que se calhar ainda são possíveis os amores eternos.

A feira muda sempre, se muda a si própria como procurando alguma sinal externa que lhe devolva os traços de uma vez passada. A feira muda como fala, como escreve a sua papelada velha, com rapidez e nocturnidad.

Va-se a feira para encontrar, para se encontrar a um próprio nalguma verdade esquecida que pode aparecer em velhos livros, onde até podem aparecer os nossos desejos anticipados. Quase no fundo, onde traficam honradamente os vendedores de telemóveis e câmaras digitais, testemunha o médico Barros, medico das suas majestades. Se calhar houve dinheiro de mais para uma única estatua e decidiram fazer duas cópias, uma para a Ladra olhando para o Tejo, e outra na Jardim Botânico, num lugar onde as árvores já não lhe deixam ver o rio.

Em todas estas visitas celebrei os meus encontros, e alguma vez fiquei desconsolado. E possível encontrar-se, por vezes, bibliotecas inteiras, que até uns dias antes pertenciam a algum visitante da Feira, e que nesse sábado, cobrem um pouco do chão seco e sujo. Livros e livros recolhidos cuidadosamente durante 50 anos, e que de um dia para outro, acabam como se de lixo se tratasse, livros magníficos a um euro a peça, linhas e palavras de um dono que já nunca mais lembrara nada neles.

ignacio - 01.02.2008 | 0 réactions | #link | rss

Aquel septiembre tú habías empezado
a decírmelo todo,
como si después de tantos años
no supieras que daba igual
saber el nombre de las cosas.
Dijiste algo de los hombres
y yo supe que habías dejado de quererme.

http://www.poesiadigital.es/index.php?cmd=poeta

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