Miré el reloj y me pregunté que estarían haciendo en casa. Esas 4 horas de diferencia hacían que al final fueran mínimas las oportunidades de hablar por teléfono, por la mañana no, las mañanas ya se le hacían difíciles por otras razones, y por la tarde siempre se me pasaba el tiempo sin darme cuenta, y en Guadalajara ya estarían durmiendo, o en Soria.

Las palmeras de Montevideo a veces aguantaban los empujones del viento, esos vientos que llamaban la atención en un país tan tranquilo. Comenzaba a llover y era mejor quedarse en casa, Helena leyendo, escribir un poco más de ese rapport, no daba ni para bajar a comer un poco de pizza en el Bar de debajo de casa, en la Avenida de Brasil.

Esas tormentas parecían tropicales, como si vinieran de muy lejos al norte del Río de la Plata, y en casa sería Agosto, Agosto de verdad, y no sé podría dormir por la noche. En Soria apretaría menos el calor, pero la abuela era probable que tampoco durmiese, en una cama de hospital que nunca vi, quizás ella pensase en su nieto Ignacio al que ya no volvería a ver...