En realidad, esos ocho amigos de papá no estaban invitados a la boda de Javi.                  Quienes se casaban esa noche eran Mari y Antonio, más de 30 años más tarde de la boda de Calatañazor. Daba igual que no se sentasen en el centro de la mesa principal, ni que nadie les regalara nada, ni que el lunes a las cinco de la mañana no se marcharan al Japón. Eran ellos quienes habían pagado el jamón y la sopa, y la iglesia era la misma que la del bautizo de su hijo mayor.             Se casaban ahora y los invitados eran los más fuertes, los que habían sobrevivido a esos treinta años, esos pocos amigos cuyo teléfono no se había perdido en el cambiar de las agendas y de las mudanzas de domicilio.                              Se casaban ellos y por eso estaban tan nerviosos. El papá tenía todo el derecho del mundo para mosquearse conmigo, si yo le decía en el último momento que no habría tiempo esa tarde para pasar por el convento de su hermana mayor, para que les cantasen la salve.                Se casaban ellos y ya no había ninguno de los suegros que hubiera podido querer organizar en su lugar. Las canas a papá le ennoblecían el gesto, el chaleco le daba el aire de mestre de ceremonias que exigía aquella noche. Por un momento hasta bien podría salir a bailar en aquella curiosa discoteca debajo de un cine, no había parado de hablar en toda la noche y en esos momentos se sentía capaz de todo.                     Papá sentía más placer que un ladrón con los bolsillos llenos. Y ese placer no acabaría hasta que el último de los invitados se marchase de la casa de Cidones, tras la paella del domingo, ese porche con vistas al Pico Frentes donde habían invertido tanta energía, 20 de los 30 años que llevaban juntos.