Las bandas se desbandan, pero algunos de ellos, de nosotros, se convierten mucho antes de lo previsto en fantasmas de la edad adulta. No solo se pierden los amigos, con ellos se pierden los días a los que ese amigo dio sentido. Perder a esa persona es, literalmente, una pérdida de tiempo.     Desapareces, cambias, y te llevas contigo esos meses antes de Francia, una parte de la memoria de ese grupo, con un poco de Buenos Aires u otro de París, que había crecido sin querer, lindo, en una esquina de una primavera de Madrid, con nuestros 22 años.      Nos volvemos a encontrar mas parece más un primer encuentro que un rencuentro de seres queridos. Almorzamos juntos como dos extraños, movidos tal vez solo por la curiosidad de ver lo que el tiempo ha hecho de cada uno.    Quizás también hayamos decidido vernos, por que en las casas a veces encontramos cosas, objetos olvidados que nos recuerdan con cruel insistencia quienes fuimos.      Esta vez no soy yo el traidor. Pero lo podía haber sido.