Maruja es esta mujer de la cual uno no recuerda que sus pechos fueron hermosos: recuerda un gesto de sus pechos ligeramente amargo y duro en su boca, su espalda morena regresando timidamente a las zonas de penumbra; uno a veces puede evocar un gusto a eucalipto o a menta que dormía en su saliva, y el ronroneo de su garganta mientras besaba, y también un frío antiguo al verla encoger sus débiles hombros frente al espejo, o su paso lánguido cruzando la habitación, desnuda y púdica. Juan Marsé. Ultimas tardes con Teresa.