Hoy le he visto los ojos a la muerte, y me miraban fijos, luminosos, antiniebla y frontales. Era de noche. Andaba distraído, y ella se me acercó silenciosa, veloz, con aire acondicionado incorporado de serie. De repente, un empujón invisible en mi espalda me despertó de mis sueños y llegué al momento a la acera de enfrente. Me di la vuelta, el coche me escupió un bocinazo, mientras que en en el otro lado, algo o alguién, estaba sonriéndome.  Madrid (chaminade), diciembre 1999.