No te preocupes. Cuando quieras venirte a la república de mi corazón, no tendrás que hacer colas en la aduana, ni presentar visados, y aun menos recibir una fecha límite para salir del país. ¿Sabes? Cuando quieras instalarte, solo tendrás que enseñarme tu mirada suave y una cómplice sonrisa. Entonces, deja que se te pase el billete de regreso y quédate cuanto quieras. Por mi parte, siempre tuviste la doble nacionalidad. Madrid, octubre 2001.